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FE EN CRISTO: LA OBRA DE DIOS "Entonces
le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de
Dios? Respondió Jesús y les dijo: esta es la obra de Dios, que creáis
en el que él ha enviado." La gran multitud que había venido a él, y que Jesús alimentó milagrosamente multiplicando cinco panes y dos peces, fue la que también vió las doce cestas de pedazos que sobraron. Era la misma gente que, al ver esta señal que Jesús había hecho, dijo: “Este es verdaderamente el profeta que había de venir al mundo” (:14), se referían –por supuesto- al profeta anunciado primeramente por Moisés en Deuteronomio 18:15, y, últimamente, por Juan el Bautista (Juan 1:26,27). Jesús, conociendo que esta gente tenía la intención de apoderarse de él para hacerle rey, se retiró al monte para estar a solas. Esta misma “gente” vio a los discípulos de Jesús descender del monte y entrar en una barca para atravesar el mar hacia Capernaúm. Había oscurecido, y ellos se percataron de que Jesús no había ido con los discípulos. Al día siguiente la gente que se había quedado al otro lado del mar vio que no había allí más que una barca y que Jesús no había entrado en ella con sus discípulos…viendo que Jesús no estaba allí -ni sus discípulos- entraron en unas barcas que habían arribado de Tiberiades y partieron de allí rumbo a Capernaúm. Cuando esta “gente” hubo llegado al otro lado del mar, preguntaron a Jesús: “Rabí, ¿cuándo llegaste acá?” (:25). Una pregunta que aparentemente envolvía cierta preocupación o interés por Jesús. Pero, Jesús, que conocía el corazón y las motivaciones de aquella gente, sabía exactamente la razón por la cual le seguían, y se lo declara francamente: “De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque comisteis de los panes y os saciasteis” (:26). Aquella gente se había esforzado por llegar hasta donde estaba Jesús, movida por el apetito carnal y no por alguna razón de índole espiritual como la fe. Querían volver a comer. Su preocupación era llenar sus estómagos. Ellos harían rey a cualquiera que llenara sus estómagos sin tener que dar un golpe. Mientras tanto; Jesús estaba revelando quién era por medio de las señales que hacía ante ellos. Sin embargo, esas mismas señales, cuyo propósito era presentarle como el Mesías que habría de venir, no surtieron ningún efecto en ellos aunque, sí, se movieron a seguirle y estaban dispuestos a recorrer tierra y mar detrás de Jesús para saciar sus apetitos carnales. Mucha gente en la actualidad también busca a Jesús por motivos egoístas. Pero ésto se debe también a que muchos “evangelistas” promocionan a un “Jesús” que se ocupa en saciar las necesidades físicas de las personas. La respuesta ampliada de Jesús a la pregunta de los interesados -sin negar que vino precisamente a mostrar mediante señales que él era el Mesías que habría de venir- nos revela más claramente que su obra no se limita a saciar esos apetitos o necesidades materiales de la gente, sino que, está dirigida más específicamente a suplir la verdadera necesidad fundamental del hombre, la necesidad espiritual. Su respuesta delata la egoísta motivación de la gente que le busca por el pan material. Pero notamos también que Jesús condescendientemente les trae al plano espiritual al darles el siguiente mandamiento: “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna, la cual os dará el Hijo del Hombre, porque a éste acreditó con su sello Dios el Padre” (:27). La mente de aquella gente –como la mente natural de la gente sin Cristo- está ocupada en las cosas materiales y, de esa orientación hacia las cosas perecederas, Jesús quiere moverles a una orientación hacia las cosas eternas. Para ello necesitarán establecer una relación personal con Él, tienen que recibir la gracia, necesitan conocer verdaderamente al Hijo del Hombre, el Designado por Dios el Padre. Ciertamente, Jesús los sanó y los alimentó con pan y pescado, y fueron saciados; pero él no vino a este mundo únicamente a ocuparse en estas pequeñas y perecederas cosas, Él vino para ser el verdadero alimento espiritual que sacia la verdadera y dramática necesidad humana, y que es la verdadera salud del alma. Él fue acreditado para eso por Dios el Padre. Habiendo Jesús puesto en contraste lo material o perecedero con lo espiritual o eterno, aquella gente se sintió obligada a dar una respuesta a Jesús –según su criterio- acorde al planteamiento de Jesús; responde a Jesús desde un plano religioso. Jesús les ha dicho que ellos deben trabajar, esforzarse, no por las cosas materiales, perecederas, sino por las cosas eternas, las que Él mismo precisamente estaba comisionado a darles, pero ellos no entendieron las palabras de Jesús y respondieron con una pregunta de carácter religioso, desubicada del planteamiento de Jesús: “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?” (:28). Esta pregunta es una reacción a la denuncia que Jesús hizo. Él los sorprende ocupados egoístamente tras las cosas materiales, las cosas de la tierra; pero ellos, al ser descubiertos, procuran presentarse como los que sí tienen interés en los asuntos religiosos, entonces formulan la pregunta que ellos suponen los identifica como quienes están dispuestos y que, de hecho, están buscando agradar a Dios por medio de las obras. Antes de su pregunta, Jesús les había indicado en qué debían ocuparse, a saber, recibir de Él la comida que permanece para vida eterna, la cual Él les podía dar, porque para eso había sido enviado de Dios el Padre, en lugar de seguirle simplemente para llenar sus estómagos. La pregunta de la gente revela –entre otras cosas- ignorancia. Porque a pesar de esos grandes privilegios otorgados a los israelitas, referidos por el apóstol Pablo en la carta a los Romanos 9:4-5 (“…que son israelitas, a quienes pertenece la adopción como hijos, y la gloria, los pactos, la promulgación de la ley, el culto y las promesas, de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, procede el Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.”), esta gente ignoraba las demandas de Dios al hombre. Erróneamente, suponían que podían por medio de las obras ser justificados ante Dios. Esta gente, aún tan religiosa, vive muy lejos de Dios, distantes del conocimiento de su voluntad, inconscientes de su miserable condición de muerte espiritual, sordos a las palabras de Jesús, ciegos a las señales de Jesús que autenticaban su procedencia, incapaces de hacer algo que les merezca la aprobación divina. Sin embargo, y debido a esa misma ignorancia, quieren seguir aparentando tener conocimiento de Dios, y que están ocupados o dispuestos a hacer lo que se les indique son “las obras de Dios.” Su religión es una religión de obras, suponen que han de conseguir el favor de Dios, que pueden hacer que Dios esté en deuda con ellos u obligado con ellos, o que pueden aplacar el juicio de Dios mediante las obras. Quieren dominar los asuntos religiosos, mas, seguir ocupados en la carne. En algunas ocasiones, Jesús fue interpelado por personas que les hacían preguntas similares a ésta, como por ejemplo, el joven rico, en Lucas 18:18, dice a Jesús: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” La conversación de Jesús y aquel hombre, al parecer muy interesado en su relación con Dios, descubre a un hombre religioso, muy dedicado, pero, vacío de Dios; lo que poseía no era más que una religión externa, y, por tanto, falsa, incapaz de hacer alguna obra en el corazón, insensible ante la necesidad ajena, pero, sobre todo, incapaz de obedecer a Cristo. En otra ocasión, un intérprete de la ley pregunta a Jesús (y en el mismo texto se nos dice que la intención de aquel hombre era probar a Jesús): “Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?” (Lucas 10:25). Cuando Jesús le responde preguntándole sobre lo que está escrito, y éste le responde correctamente, le dice Jesús: “Bien has respondido; haz esto, y vivirás” (:28). Pero el hombre buscaba justificarse a si mismo, y dice a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” (:29). Jesús pacientemente le enseña mediante una parábola (El Buen Samaritano), hasta que el hombre pueda asentir a la enseñanza de Jesús, y Jesús le dice: “Ve, y haz tú lo mismo”. Luego vemos que el que salió reprobado fue él, porque la religión verdadera no es conocimiento intelectual de ciertos principios teológicos sino que tiene un efecto benéfico hacia nuestros semejantes. Una pregunta similar a la de nuestro texto fue formulada a Pablo y Silas por un gentil, el carcelero de Filipos: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:30). Y digo similar porque la respuesta es la misma: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (:31). En este caso, la respuesta fue positiva. Este hombre creyó, y fue salvo. Pero en el caso que nos ocupa ahora, notamos que Jesús responde a unos judíos discutidores, que se consideraban muy sabios y conocedores de la palabra de Dios. Respondió Jesús y les dijo: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:29). Esta gente le ha dicho a Jesús que quiere hacer las obras de Dios, y probablemente se estén refiriendo a cosas de carácter religioso externo, como ritos, sacrificios, cultos, etc., lo que para ellos sería el equivalente a la expresión de Jesús: la “comida que permanece para vida eterna”. Hasta ahí llega su entendimiento, idea o pensamiento de lo que consideran necesario para ponerse bien con Dios. Desconociendo la justicia de Dios, procuraban establecer la suya propia. Dios envió a Su Hijo, estaba allí delante de ellos, vieron las señales que hacía, las que le corroboraban como el Mesías profetizado, pero, ellos no le conocieron. Como dice Juan al comienzo de este evangelio: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11). La respuesta del Señor se abre en dos frentes: Fe en Cristo es 1) La obra de Dios, y es también, 2) La demanda de Dios al hombre. Podemos expresarla así: Creer en Cristo es la obra de Dios en el hombre. En el segundo frente se le manda a los hombres creer en Jesucristo, aun cuando, como se nos dice claramente en las Escrituras, la fe es don de Dios (Efesios 2:8). En este capítulo 6 del evangelio según San Juan, Jesús siguió hablando con la gente y, en varias ocasiones, les refirió la total incapacidad humana para creer en él a menos que Dios el Padre intervenga favorablemente. “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no le atrae…” (¨44). “…nadie puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (:65). Aquella gente, simplemente, no podía entender las palabras de Jesús debido a su condición de muerte espiritual, y su conversación con Jesús denota lo equivocada de su actitud. Tampoco podían identificarlo por las señales, aún cuando llegaron a decir: “Éste es verdaderamente el profeta que había de venir al mundo” (:14). Es posible tener información tradicionalmente comunicada y, sin embargo, no abrazarla como verdad. Esta gente responde a Jesús: “¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces?” (:30). ¡Increíble! Esta es la misma gente que seguía a Jesús porque veía las señales que hacía en los enfermos, la misma gente alimentada milagrosamente por Jesús; y cuando Jesús les dice que deben creer en él, responden como quienes no estaban allí. Es obvio que su condición es terrible porque, viendo no ven, y oyendo no oyen. Pero insisten en discutir, en demostrar su supuesto gran conocimiento al referirse a la historia bíblica. Alegan su conocimiento de cómo sus antepasados fueron alimentados en el desierto con el maná, al cual llaman “pan del cielo”. Aunque no lo dice el texto, sabemos, por la respuesta de Jesús, que ellos atribuían a Moisés el milagro y que la expresión “pan del cielo” era únicamente una referencia al maná, entonces, Jesús les aclara: “De cierto, de cierto os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo” (:32,33). Al hablarles de pan –como parece ser la cosa que más les interesaba- (aunque Jesús les hablaba del pan espiritual), “Le dijeron, pues: Señor, danos siempre este pan” (:34). Es como si hubieran dicho: “Bueno, pero eso es lo que queremos, saciar nuestra hambre definitivamente, resolver este problema de tener que trabajar a diario para ganar el pan con el sudor de nuestra frente.” Porque para ellos la vida consiste sólo en el pan, cuando “no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Jesús les dijo: “Yo soy el pan de la vida, el que a mi viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (:35). Aunque las palabras son parecidas, y es una conversación que se está llevando en el idioma común de los interlocutores, ellos hablaban desde un plano material, mientras Jesús lo hace desde el plano espiritual. De nuevo admiramos la condescendencia del Señor. Ellos, muertos espiritualmente, no pueden entender el lenguaje de Jesús, aún cuando Jesús desciende al plano terrestre a mostrarse delante de ellos como el Hijo de Dios, no les es suficiente verlo actuar con sus ojos físicos, porque ni siquiera viendo las señales podían creer en Él. Pero Jesús es la Verdad y les dice la verdad desnuda: “Pero ya os dije que, aunque me habéis visto, no creéis” (:36). Así como hemos intitulado este breve mensaje, la fe en Cristo es la Obra de Dios, porque para el hombre, en su estado natural, le es imposible creer, no importa cuán religioso sea, ni cuánto conozca de la historia bíblica, ni de cuántos privilegios haya disfrutado. La fe es don de Dios. Y es a la vez la demanda de Dios al hombre. Nadie puede ser salvo sin creer en Jesucristo, sin apropiarse de la gracia que él vino a mostrar. “Pero a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). ”Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo.” Escribió - Félix M. Paulino Pastor - Iglesia Comunidad de la Gracia La Romana, República Dominicana Regrese al índice de estos estudios evangélicos
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