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FE QUE ASOMBRA "Entrando Jesús en Capernaum, se le acercó un centurión, rogándole, y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, terriblemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente dilo de palabra, y quedará sanado mi criado. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi esclavo: Haz esto, y lo hace. Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo que ni aún en Israel he hallado tanta fe” (Mateo 8:5-10). En este pasaje se nos presenta el relato de la curación que hizo Jesús al criado paralítico de un centurión romano. Llama poderosamente nuestra atención el hecho de que se dice que “Jesús, se maravilló” de la fe del centurión romano. Cuando alguien se maravilla es porque ha presenciado algo que ignoraba y que excede la capacidad de su entendimiento. Pero tratándose del Señor Jesús, quien conocía –incluso- el pensamiento de los hombres, sí que resulta extraño que se maravillara. Si bien, no podemos ni siquiera imaginar que Jesús fuera sorprendido, la expresión “se maravilló” es usada para destacar este hecho. Para destacar la fe del centurión romano (un gentil), él lo contrasta con la incredulidad de los judíos. La fe del centurión era “maravilla” por tratarse de un gentil, uno que ni siquiera esperaba al Mesías como supuestamente lo esperaban los judíos. Este hombre vino a ser –si no el primero- uno de los primeros de una larga lista de los que vendrían y se sentarían en el reino de los cielos, por las palabras de Jesús en Mateo 8:11,12. ”Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos, mas los hijos del reino serán echados en las tinieblas”. Romano de nacionalidad; un jefe militar de aproximadamente cien soldados del ejercito imperial romano, adquirió un concepto bien claro y definido de lo que es la autoridad. No era religioso; sin embargo, era respetuoso de la libertad religiosa y cooperó con los judíos, nación sobre la cual ejercía su cuidado, edificándoles una sinagoga. Se consiguió el favor de los judíos. Los ancianos de los judíos que él envió a Jesús dieron buen testimonio de él, y rogaron insistentemente, en Lucas 7:4,5: ”Es digno de que le concedas esto; porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga”, un centro social y religioso judío. Podemos notar, además, en el pasaje que consideramos en esta ocasión, que esta es la primera vez que Jesús se refiere al rechazo de Israel y al llamamiento de los gentiles. “...vendrán muchos del oriente y del occidente y se sentarán... en el reino de los cielos, mas los hijos del reino serán echados en las tinieblas” (Mateo 8:11,12). Hubo otra ocasión en que Jesús se maravilló, pero en referencia a la incredulidad de la gente de Nazaret, Marcos 6:6 dice: “Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos”. En ambos casos, su asombro estaba relacionado con la fe. En el primero: la buena aceptación del centurión romano; y en el segundo: el rechazo y la incredulidad de los de su propia tierra o pueblo. Siguiendo en la consideración del centurión romano, notamos que este militar era un hombre muy considerado aún para con sus esclavos. Era un hombre sensible, favoreció a los judíos y no se descuidó de la condición de sus criados. Se esforzó por conseguir la sanidad de su criado, acudiendo a Cristo, dando evidencia de haber recibido ya él mismo la sanidad de su alma. Lo que leemos acerca de la actitud de este hombre nos deja ver claramente que poseía una firme convicción de que todo el poder y la autoridad residen en Cristo, que Cristo podía hacer todo cuanto quisiera. Reconoció el poder y la soberanía de Cristo. Por cierto, el objetivo de los milagros del Señor, extendido hasta sus apóstoles era -precisamente- revelar a los hombres que él es el Hijo de Dios. Aquel centurión romano conocía que en Él (en Cristo) reside toda la plenitud y el poder de la Deidad, por ser el verdadero Mesías y el Salvador del mundo. Su confesión de fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, fue hecha de manera práctica. Es la misma confesión que hizo Pedro a nombre de los discípulos cuando, a la pregunta de Jesús en Mateo 16:16, “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” le respondió: “ Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Lo mismo hicieron los discípulos en Juan 6:69 “Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Igual testimonio dieron la mujer samaritana y los samaritanos en Juan 4:42 “...y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo”. Marta también confesó en Juan 11:27 “...Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que ha venido al mundo”. En el caso que tratamos ahora, el centurión romano, además de reconocer su indignidad de que el Señor le visitara, atribuyó autoridad suprema y omnipotencia a la palabra de Jesús, v.8: ”Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente dilo de palabra, y quedará sanado mi criado”. Es necesario advertirle, amigo lector, que no basta una confesión de labios como demostración de la posesión de la verdadera fe. Muchos pudieran pensar que por decir que Cristo es el Hijo de Dios, por eso poseen la fe salvadora; pero lo cierto es que la fe sin obras es muerta. Cada caso debe ser analizado particularmente. El Señor Jesús escogió a los suyos, y los ha puesto “para que vayáis y llevéis fruto”. Es necesario ir con cuidado y distinguir con precisión la diferencia abismal que existe entre un profesante cristiano y un verdadero cristiano, desde luego, en el contexto histórico en que se encuentre. La fe se muestra por las obras. En aquella época, confesar de labios que Jesús era el Hijo de Dios podía costar la vida. ¿Cuál fue la reacción de la gente en el mundo gentil? Cuando el apóstol Pablo llevó el evangelio a Atenas, ¿cuál fue la opinión de la gente?, dijeron: “Parece que es predicador de nuevos dioses, porque les predicaba el evangelio de Jesús” (Hechos17:18). Todo el mundo antiguo (y su forma de pensar) estaba en contra de recibir o aceptar que un carpintero de Nazaret fuera el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Además, siendo que los mismos emperadores reclamaban adoración, confesar que Jesús era el Hijo de Dios significaba pedir ser echado a los fieras, por eso confesar a Cristo era una prueba indudable de haber recibido la verdad, como dice el apóstol Juan, en 1 Juan 4:2 “Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios”. Antes como ahora, cualquiera que esté dispuesto a pagar el precio de ser un creyente, testifica con hechos que es de Dios; aunque los riesgos y el costo varíen de una época a otra, y de un lugar a otro. La fe será medida por lo que haya que sacrificar para mantenerla. En todo caso, el poseedor de tan precioso don vivirá esperando su verdadera herencia reservada en el cielo, no se aferrará a las cosas temporales sino en la herencia prometida que se halla después de la muerte y la resurrección. El asentimiento intelectual no tuvo ningún valor en la antigüedad, tampoco lo tiene en la actualidad, sino la fe que se muestra por las obras, la fe que es práctica y que cuesta. Una cosa es decir “yo creo en Cristo”, y otra, muy distinta es, seguir a Cristo obedientemente llevando su vituperio. La realidad de la verdadera fe en Cristo radica en guardar sus mandamientos. El verdadero creyente depende de sus promesas, se fortalece en su fuerza y confía su alma a su cuidado. De otro modo, el conocimiento intelectual de su carácter no le será suficiente. Hay personas que dicen ser discípulos de Cristo, pero sólo en apariencia. En el tiempo de su ministerio terrenal, nuestro Señor llamó la atención de muchos que le seguían, según Juan 8:30 y 31”...muchos creyeron en él. Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos”. Pero la fe del centurión romano quedó vivamente demostrada mediante su acción de acudir a Cristo, él hizo un abierto reconocimiento del Señor Jesús como el Mesías que había de venir, y Jesús aprobó esa fe y elogió esa fe, y en respuesta a esa fe, el criado de este hombre fue sanado, según el versículo 13, Jesús le dijo: “Ve y como creíste, te sea hecho”. La fe de este hombre dio fruto de inmediato. Prontamente empezó a cosechar bendiciones del Señor como respuesta a su fe. Dice en Lucas 7:3 que “Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo”. Oyó y creyó. Lo que aprendió de Jesús lo puso en practica en seguida, y en una circunstancia de favorecer a otro y que la gloria del Señor se hiciera manifiesta, por medio de la curación de su criado. Alegar fe en Cristo sin actuar en consecuencia es vanidad. Cristo es el Salvador del mundo, toda potestad le ha sido dada en el cielo y en la tierra, para Él no hay nada imposible. Es imprescindible que el pecador conozca su propia miseria, y se vea a sí mismo condenado, que vea con nueva luz la obra redentora de Cristo, que acuda a Cristo, y se apropie de Su gracia salvadora. En el caso del centurión romano, oyó de Jesús y acudió a Él en busca de misericordia. El centurión comprendió lo que es misericordia. Consideró las miserias de este mundo como el objeto de la misericordia. Misericordia es compadecerse del necesitado. Notemos lo que nos dicen los versículos 5 y 6. ”Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado”. Para venir al Señor se necesita estar persuadido de su propia miserable condición pecaminosa y de su necesidad de salvación. Es necesario acercarnos a Él con nuestras necesidades, y jamás por lo que merecemos. No somos dignos de acercarnos a Dios, pero Dios es grande en misericordia y amplio en perdonar, el hombre está grandemente necesitado de sus favores. Dice el Salmo 9:18: “Porque no para siempre será olvidado el menesteroso”. Nuestra necesidad y miseria es el motivo ideal para venir a Dios. Jesús dijo: “No he venido a llamar a los justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Mateo 9:13). El centurión tenía un concepto correcto del señorío de Cristo y de su propia indignidad. Cuando él le presentó el caso de su criado, Jesús le dijo: “Yo iré y le sanaré” (v.7). Ante este ofrecimiento de Jesús de ir a su casa, “Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo” (v.8). Él era un oficial de alto rango, un jefe militar, pero no se consideraba digno de que Jesús entrara en su casa. Tal era el concepto que ahora tenía de sí mismo, consciente de que su vida había sido ofensiva a Dios a causa de sus pecados de idolatría. Recordamos que los ancianos de los judíos -que fueron- enviados por él a Jesús, lo hicieron de tan buena voluntad, que incluso sugirieron al Señor que le hiciera el favor que le pedía porque se lo merecía, porque había sido bueno con ellos, y le había edificado una sinagoga; sin embargo, lejos de sentirse merecedor de algo, aquel hombre se sentía indigno. Esta es –sin lugar a dudas- una característica de todos aquellos que han sido regenerados y viven en la luz, como: Abraham (Génesis18:27); Jacob (Génesis 32:9,10); David (2 Samuel 7:18); Pedro (Lucas 5:8); Pablo (1 Corintios15:9). Otra evidencia contundente de su fe es que para él era suficiente que Jesús dijera la palabra. Aún cuando Jesús le ofrece ir a su casa, éste le contesta que sólo tiene que decir la palabra, reconociendo, así, el poder todopoderoso de Jesús: “Solamente dilo de palabra y quedará sanado mi criado” (v.8b). La Palabra del Señor es suficiente para todo verdadero creyente. El poder de Cristo para sanar no estaba limitado en la mente de este hombre. Supo que para el Señor no hay nada imposible. Lo cierto es que esta es una demostración de una gran fe. De una gran confianza en el Señor y en su poder. Hay quienes no se contentan con que se hagan oraciones a favor de los enfermos, sino que, reclaman que se debe hacer en la presencia de ellos y poniendo las manos sobre el enfermo. El Señor curó a este criado a distancia por la fe del centurión romano Como también hizo en el caso de la súplica de la mujer siro fenicia por su hija endemoniada. Dependemos del Señor, debemos someternos a Su voluntad, no tenemos que trazarle pautas de cómo, cuando o dónde Él debe obrar sobre nuestras peticiones, tampoco debemos confinar o limitar Su poder a nuestra forma de pensar. Para el centurión de nuestra historia, el poder de Jesús no estaba en su presencia corporal, sino en Su Palabra. Dios hizo el universo con Su Palabra, lo sostiene con Su Palabra. Nos dice la Escritura que es por la fe que entendemos estas cosas, de modo pues, el centurión por la fe sólo pedía que Jesús dijera la Palabra y bastaba. Todas las cosas creadas obedecen a su Creador. Todas las criaturas tienen un oído obediente para oír lo que Dios dice y Él hace uso de ellas como le place. El centurión vio la realidad y grandeza del mundo espiritual. Acostumbrado al orden y la disciplina militar, donde nadie podía cuestionar una orden, hizo la comparación que leemos en el v.9: ”Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi esclavo: Haz esto, y lo hace”. Razonó respecto al poder de Cristo, y lo que dijo parece haber sido el fruto de una meditación seria y determinante. Entendió que él no era más que un simple hombre; y que Jesús es Dios; si bien él era un jefe militar; Jesús es el Comandante en jefe de los cielos y la tierra, el glorioso y omnipotente Señor de señores y Rey de reyes. De esa manera demostró poseer una confianza estimulada por la meditación. Parte del ejercicio de la fe cristiana se basa en la meditación. Traer a nuestra mente argumentos que estimulen y aumenten nuestra confianza en Dios, y esto requiere de una buena disposición y entrega; porque lo normal y natural es pensar negativamente de la bondad, la misericordia y el poder del Dios Creador. Esa fue la primera vez que este hombre se acercó a nuestro Señor Jesucristo por fe, y tiene mucho que enseñarnos. Es nuestro deber perseverar en fe como en principio. No permitir que el tiempo nos haga variar en nuestra manera de acercarnos a Dios. Es saludable preguntarnos: ¿Cómo está nuestra fe? ¿Acaso es nuestra tendencia, cuando le hemos pedido algo al Señor, pero nos parece que se tarda, despreocuparnos y desfallecer a causa del peso que nos agobia? Echemos mano de sus promesas. Isaías 28:16 nos dice: ”El que creyere, no se apresure”. No es cosa de creyentes el estar desesperados. Tomémosle, pues, la palabra. Así como no podemos ejercitar el cuerpo sin poner a funcionar los músculos, tampoco podremos ejercitar la fe sin practicar la paciencia. Es por medio de la fe que podremos triunfar sobre las dificultades, pero se nos hace siempre necesario esperar. El esperar pacientemente aún cuando no veamos la solución a los problemas que estamos confrontando es demostración de fe. El centurión trajo sus problemas a Jesús, y dejó que el Señor dirigiera todo porque creyó en la todo-suficiencia de su poder y en su infinita bondad y compasión. La fe debe producir una real humildad en quien la posee. La fe es más grande cuando tenemos un concepto más claro respecto a nuestra propia indignidad. El caso del fariseo y el publicano ilustra bien esta cuestión. El fariseo se enorgullecía de su religiosidad, mientras que el publicano se dolía de su pecado e indignidad. El fariseo reclamaba una deuda; el publicano rogaba un favor. Oremos con humildad al Señor y repudiemos todo pensamiento orgulloso que nos asalte, no somos dignos de nada. Todo lo que recibimos, lo recibimos de gracia y por la misericordia del Señor. Vimos que el centurión demostró tener un claro y elevado concepto de la soberanía y el poder de Jesús, como consecuencia de su meditación en Él. Para no distraernos de nuestra confianza plena en nuestro Señor, y para no caer en la contemplación de pensamientos malos y pesimistas, debemos meditar en la toda suficiencia de Cristo, nuestro Señor, nuestro Dios. Dios dijo a Abraham cuando hizo pacto con él: “Yo soy el Dios todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto” (Génesis 17:1). Abraham debía meditar constantemente en el poder de Dios mientras anduviera en la tierra, para estar firme, a pesar de los muchos peligros de su peregrinar aquí. Dios tiene poder suficiente para ayudar, recompensar y defender a todos los que esperan en Él. No necesitamos de otro protector. Dios cuida de nosotros. Él puede sanar nuestras enfermedades, suplir nuestras necesidades o bendecir aun con lo poco, como hizo con Daniel y sus compañeros, que se negaron a comer de la comida del rey y pidieron sólo legumbres “y al cabo de diez días pareció el rostro de ellos mejor y más robusto que el de los otros muchachos que comían de la porción de la comida del rey” (Daniel 1:15). Podemos además agregar -a la luz de este pasaje- que tener un apropiado sentido del principio de autoridad es un fruto de la fe. El verdadero creyente guarda respeto a las autoridades que Dios ha instituido para gobernar los asuntos de los hombres. Puede apreciar aún en el reino animal ese orden que Dios Creador ha establecido en todas las esferas de existencia de las criaturas. Sólo el hombre pecador se rebela contra este orden. Pero nosotros, los que profesamos fe en el Señor Jesucristo y amor a Dios, debemos mostrar que este principio de autoridad está firmemente establecido en nuestra alma, porque respetamos las autoridades establecidas por Dios. Amén.
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