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APRENDIENDO A CRISTO "Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo, si en verdad habéis oído de él, y habéis sido enseñados en él, conforme a la verdad que está en Jesús” (Efesios 4:20,21). Refiriéndose al pueblo de Dios, la Escritura dice en Isaías 54:13 ”Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová...”. Jesús citó esta Escritura, hablando a los judíos que murmuraban de él, y agregó: “Así que todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí” (Juan 6:45). Es Dios el Padre quien nos habla, nos trae (v.44), y nos enseña a venir a Cristo. Una vez hemos conocido “el don de Dios” a Su pueblo, venimos a él a aprender la vida nueva que agrada a Dios, una vida ocupada –esencialmente- en imitar el carácter de Cristo. Somos hechos discípulos de Cristo, y él nos enseña a ser como él es. Por lo general, los alumnos en la escuela secular se esfuerzan por dominar las materias a fin de pasar de curso, y mucho más en el período de las pruebas. Los cristianos también necesitan tener un poco de ese sentir y entusiasmo, de ese espíritu de competencia por el desafío que representa aprender a Cristo, y lograr así el cumplimiento de la exhortación apostólica de “crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” (2 Pedro 3:18). Estamos matriculados en la escuela de la vida cristocéntrica. Se nos enseña que Cristo es nuestro todo en todo. Es nuestro Maestro y la ciencia que necesitamos aprender. Él nos enseña por su ejemplo y por sus preceptos. POR SU EJEMPLO: Cristo,
como nuestra vocación, nos habla por su ejemplo. Su forma
de vida es el ideal que debemos realizar. El apóstol Pablo
nos exhorta: “Sed imitadores
de mí, como yo de Cristo” Pero si alguno piensa que tal cosa es imposible -porque razona: “Él vivió como lo hizo porque él es Dios”- no debe olvidar que la Escritura dice: “Y el verbo fue hecho carne” (Juan 1:14); que “por cuanto los hijos han tenido en común una carne y una sangre, él también participó igualmente de lo mismo” (Hebreos 2:14). Se nos informa en cuanto a su humanidad que “él fue tentado en todo según nuestra semejanza” (Hebreos 4:15); que “aunque era Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció” (Hebreos 5:8) y que “Dios fue manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16). Vino a ser nuestro pariente cercano para poder redimirnos, para salvarnos, para revelar el amor de Dios hacia nosotros los pecadores; ni siquiera escatimó a su Hijo unigénito. El Hijo de Dios se humilló, “siendo en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se humilló a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:6,7). Su humillación era el único medio de salvarnos, revelándose en toda su capacidad de amar, padeciendo en nuestro lugar: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros fueseis enriquecidos con su pobreza” (1 Corintios 8:9). El Dios Altísimo se ha acercado a nosotros, indignas criaturas, débiles, pecadores, impíos y enemigos suyos, en la persona de Jesucristo. Descendió hasta lo más bajo de la tierra para alcanzarnos y para hacer posible nuestra reconciliación con Dios. Podemos acercarnos confiadamente al Dios de toda gracia, cuando lo hacemos basados en los méritos y en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Gozamos
de esa confianza y familiaridad por cuanto Dios nos ha dado “el
Espíritu de su Hijo” (Gálatas
4:6), lo que nos capacita para agradarle cuando nuestra vida es conformada
a la suya, porque “Cristo padeció por
nosotros, dejándonos ejemplo” para
que sigamos sus pisadas. Él no hizo pecado; nosotros aún
pecamos, mas él quitó nuestro pecado para siempre, “para
que nosotros siendo muertos a los pecados, vivamos a la justicia”
Teniendo en cuenta el contexto en el cual el apóstol Pablo nos da las palabras de nuestro texto (Efesios 4:17-24), podemos notar que el aprender a Cristo tiene que ver –en el aspecto negativo- con el "dejar la pasada manera de vivir”, con el "despojarse del viejo hombre que está viciado conforme a los deseos engañosos” (vv.17-19, 22). Con respecto al aspecto positivo- con el “renovarse en el espíritu de nuestra mente, vistiéndonos del nuevo hombre que es creado a semejanza de Dios en la justicia y santidad de la verdad” (vv.23,24). De esta manera, los discípulos del Señor serán claramente distinguidos, su conducta será diametralmente opuesta a la de los hombres impíos y, por tanto, llamarán la atención de la gente, aún los religiosos, quienes se acercarán como se acercaban a Jesús para curiosear, buscar beneficios terrenales, tentarles, ponerles lazos o perseguirlos; pero otros, al observar nuestras buenas obras, se acercarán “para glorificar a nuestro Padre que está en los cielos”. En la medida en que nos alejamos de Adán y nos acercamos a Cristo, nos iremos conformando “a la imagen de su Hijo” a lo cual hemos sido predestinados (Romanos 8:29). Debemos hacer nuestro su carácter y "andar como él anduvo". ¿Cómo anduvo Jesús? Desde temprano en su vida, procuró ocuparse “en los negocios de su Padre”. Y si nosotros, en virtud de haber recibido a Cristo, de haber creído en su nombre, se nos ha concedido el derecho de ser llamados hijos de Dios; si podemos clamar a Dios como nuestro Padre; si la Escritura nos dice: “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos: por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2:11); si fuimos “predestinados para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo”, la evidencia de tal posición ha de verificarse en la práctica de una conducta coherente con la suya, santa, obediente, dependiente, que revele una vida nueva, creada y sostenida mediante el poder de Dios por la fe." De ahí que el apóstol Juan haya sido movido por el Espíritu Santo a escribir: “El que dice que está en él, debe andar como él anduvo” (1 Juan 2:6). Entonces, nada puede ser más importante para nosotros que escudriñar diligente y minuciosamente las Escrituras a fin de conocer cada vez más a nuestro Señor. Debemos aprender todo lo relacionado a su encarnación, su nacimiento virginal, su misión, su vida en sujeción al Padre, sus padecimientos y muerte, en fin, todo lo que se conoce como su humillación, a fin de ser “mansos y humildes” como él en nuestro servicio a Dios y a los demás. Él dejó su trono de gloria, se hizo hombre, sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo. Siendo el Autor y Consumador de la fe, vivió haciendo ejercicio de la fe para darnos ejemplo. Nacido de mujer y hecho súbdito de la ley, vino a cumplir la ley, a hacer la voluntad de su Padre, a padecer aún los horrores de la muerte, se hizo maldición por nosotros, pero sufrió gozoso, no buscando gloria personal, sino la gloria de su Padre. Sufrió sed, cansancio, vivió pobremente, no teniendo dónde recostar su cabeza; fue despreciado y desechado y, con todo, su comida era hacer la voluntad del que le envió y acabar su obra. Nada ni nadie pudo impedir el cumplimiento fiel de lo que en el rollo del libro estaba escrito de él. El rechazo de los judíos, la hipocresía de los fariseos, la necedad de los que se auto justificaban, aunque le causaron tristeza, llanto y dolor, no detuvieron su misión. Él se deleitaba en hacer el bien, sanar enfermos, librar a los endemoniados, dar vida a los muertos, instruir a sus discípulos; recorría ciudades y aldeas llevando el mensaje del evangelio. La provocación de sus enemigos nunca consiguió sacarle de sus casillas: “cuando le maldecían, no retornaba maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino remitía la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:23,24). Consciente de su destino, y atento a la llegada de su “hora”, para que en él se cumpliese lo que estaba escrito, “afirmó su rostro” para ir al lugar de su sacrificio. Su vida dependió total y absolutamente de la voluntad de su Padre al cual se dirigía frecuentemente en oración. Triunfó de manera absoluta contra el pecado, la muerte y Satanás. Está sentado, ahora, a la diestra de Dios Padre esperando hasta que todos sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Mediante su sangre -la sangre del nuevo Pacto- él nos abrió ese “camino nuevo y vivo” por el cual nos acercamos a Dios. Seguimos sus huellas imitándole, ocupándonos de igual modo en someternos a Dios en obediencia, procurando agradarle en todo. La alegría de los padres es ver que nuestros hijos -de acuerdo a su edad- vayan respondiendo normal y progresivamente a la luz del conocimiento y dominando sus estudios; y, ¡apreciamos su adelanto! Pero nos causa gran tristeza y dolor ver que, al pasar los años, algún hijo nuestro no avanza, no se desarrolla con normalidad, y cada vez está más envilecido en lo fantasioso y vano de este mundo. De igual manera ocurre en la familia de Dios, y la tristeza y el dolor que esto causa no es menos agudo. Del creyente en Cristo se espera que crezca. “Jesús crecía en sabiduría, y en edad, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52). Cristo nos enseña también ... POR SUS PRECEPTOS: Los creyentes en Cristo no estamos sin ley sino bajo la ley de Cristo. Él nos da mandamientos que nos es necesario guardar para guiar nuestra vida por senda de rectitud, a su semejanza. A quienes Cristo ha dado descanso de sus trabajos y cuidados, les dice: “aprended de mí”. Nos instruye aun con las cosas sencillas de la naturaleza a fin de que adquiramos sabiduría. Él es nuestro Maestro. Efesios 4:21 nos dice: “Si en verdad habéis oído de él, y habéis sido enseñados en él, conforme a la verdad que está en Jesús”. ¿Qué respuestas damos a sus enseñanzas? ¿Le hemos oído realmente? ¿Vivimos en la luz de sus consejos o simplemente le escuchamos con los oídos físicos en busca de conocimiento intelectual, cebando así nuestro orgullo y jactancia? En el lenguaje bíblico, oír es lo mismo que obedecer. Quien verdaderamente le oye, le obedece. ¿Hemos sido por él enseñados? ¿Nos hemos sometido a sus enseñanzas? ¿Las hemos comprobado en nuestra conducta? En Juan 7:17 Jesús dice: “El que quisiere hacer su voluntad conocerá...la doctrina”. Los creyentes deben reformarse por medio de la renovación de su mente para comprobar cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo que le agrada, y lo perfecto. No basta decir, como muchos: “A mí me gusta el evangelio”, “no hay nada de malo en eso”. Los preceptos de Cristo son todos para ser ejecutados con nuestra total entrega al punto que, si se nos pidiera la vida, estemos dispuestos a ofrendarla. “El que pierde su vida por causa de mí la hallará”, dice el Señor. La mansedumbre y la humildad de corazón son dos cualidades de Cristo que deben hallarse en el creyente. Así como él llevó nuestro yugo, la carga de nuestros pecados sobre sus hombros, sin protestar, sin quejarse, sin murmurar, sin asomo de orgullo o jactancia personal, sino gozosamente, así también debemos llevar gozosos el yugo fácil y la carga ligera que él pone sobre nosotros. Su yugo es fácil y su carga ligera, porque del otro lado del yugo está el Señor quien nos ayuda en todos nuestros apuros y necesidades. El llevar su yugo producirá descanso a nuestras almas. Toda nuestra ocupación debe ser realizada con la fuerza que él da. El apóstol nos aconseja: “Fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Efesios 6:10). Y no se nos exhortara de esta manera si su fortaleza y poder no estuvieran enteramente a nuestra disposición. Hemos de comprender que esto no es meramente una insinuación de algo que podamos tomar o dejar; se trata de un mandato de Cristo, al cual debemos someternos plenamente. Muchas veces queremos justificar nuestro pecado alegando nuestra debilidad. Si un creyente está debilitado se debe a su desobediencia. La vara del Señor tiene algo que hacer con él entonces. En ocasiones, Dios concede al hombre su deseo para traer también castigo sobre él, cuando el tal hombre se empecina en rebelarse contra Dios y sus mandamientos. “Dijo entonces Jesús a los judíos que le habían creído: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Juan 8:31). Jesús evitó prudentemente precipitar su “hora”. La autoridad de su mensaje producía la admiración de todos, pero él no buscaba gloria personal. Del mismo modo, por cuanto el Señor nos manda a ser “astutos como serpientes y mansos como palomas”, procuremos movernos prudentemente entre los hombres, redimiendo bien el tiempo, dándoles el mensaje del que nos envió. Cristo ha dotado a su iglesia de ministros fieles, pastores que cuidan y alimentan su rebaño, ocupados en sobreedificar y perfeccionar a los santos para la obra del ministerio. Si creemos esto, asumamos la posición correspondiente respecto a Sus ministros. El fiel apóstol Pablo escribió a los filipenses, hallándose en prisión, y los exhorta a poner por obra lo que de él aprendieron, recibieron y oyeron, pero no se atribuye gloria personal sino que toda la gloria la da a Cristo. Es Cristo quien le fortalece. Su gran ocupación: que Cristo fuera "formado" en los creyentes; su gran meta y el fruto de su esfuerzo y dedicación: “presentar a cada hombre perfecto en Cristo” . Tal es la meta propuesta, tal es el propósito divino en el cual todos debemos estar ocupados, siendo los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonadores, como también Dios nos perdonó en Cristo. Nuestro Señor da sus enseñanzas a todo aquel que a él viene, no lo rechaza, no le echa fuera. Todos quienes quieran sufrir la sana doctrina, la que da luz y vida para vivir vidas victoriosas contra la tentación y el pecado, contra el mundo y Satanás, que los hace fuertes para hacer el bien, tendrán de él la palabra fiel. Particularmente, los pastores y maestros debemos ocuparnos en la enseñanza, luchando contra toda oposición para que nada le falte a Su pueblo. “Y aprendan también los nuestros a ocuparse en buenas obras, atendiendo a las necesidades urgentes, para que no sean sin fruto” (Tito 3:14). Una buena definición de los verdaderos discípulos del Señor es ésta: “Y los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, avancemos también por el Espíritu” (Gálatas 5:24,25). Los hombres se confunden cuando se empeñan en defender sus dogmas y sus creencias como la verdad mientras sus vidas no reflejan, no permiten ver a Cristo quien es la Verdad, al contrario, con sus actos lo niegan. ¡Que el Señor nos libre de tal contradicción! Ocupémonos en hacer el bien y no condenemos a los que no piensan como nosotros. Si vivimos siguiendo el ejemplo de nuestro Señor, aprendiendo a Cristo, guardando sus mandamientos, nuestra vida será de provecho en el evangelio. El discípulo Juan viene ante el Señor después de prohibir a un hombre que echara fuera demonios porque no andaba con ellos, y “Jesús le dijo: No se lo prohibáis, porque el que no es contra vosotros, está de vuestra parte” (Lucas 9:50). Asegurémonos de estar siguiendo al pie de la letra las enseñanzas de Jesús y dejémosle todo juicio al Señor, Juez justo. Seguir a Cristo requiere de abnegación. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Amiga y amigo lector, ¡quiera Dios haber despertar su interés por asegurarse mejor de estar siguiendo fielmente a Cristo, aprendiendo a Cristo, formando a Cristo en usted; que Cristo sea reflejado en su carácter, que sea visto en usted! Cristo es “la esperanza de gloria”. Escribió
- Félix M. Paulino
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